Semana del terror especial Halloween | Rosas marchitas

Escrito por Liberación 2000. Posteado en Noticias

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En Liberación 2000 vivimos la fiesta de Halloween de forma muy intensa. Aunque sabemos que se trata de una festividad típica en Estados Unidos, cada vez la hacemos más nuestra, ¡es tan divertida! Por eso esta semana compartiremos con vosotros algunas historias de terror ambientadas en nuestro día a día. ¡No te las pierdas! La historia de hoy es… “Rosas Marchitas“.

ROSAS MARCHITAS

El señor Ramón era uno de mis clientes favoritos. Es cierto que mantengo una buena relación con casi todos los clientes abonados de la agencia, al fin y al cabo comparto con ellos casi a diario saludos, bromas y sonrisas soñolientas a muy temprana hora de la mañana. El adorable señor Ramón, sin embargo, me tenía el corazón robado. De sonrisa desdentada pero afable y siempre ataviado con su inconfundible sombrero de terciopelo granate, sus ojos parecían llenarse de vida cada vez que veía asomar mi polo color naranja por la puerta. El anciano había sido jardinero toda su vida, según me había explicado en más de una ocasión y según me confirmaban, también, sus grandes y fuertes pero castigadas manos.

Lo que más ternura despertaba en mí no era tanto el bondadoso semblante del anciano, sino la ya rutinaria pero siempre agradable tarea que me tenía encomendada el señor Ramón. Cada primero de mes, y puntual como un reloj suizo, Ramón nos llamaba a la agencia para que fuéramos a recoger un paquete; el hombre vivía en una residencia de ancianos, así que solíamos ir hasta allí para recogerlo. La mercancía siempre era la misma: una caja delicadamente envuelta que albergaba en su interior una preciosa y flamante rosa roja. Lo sé porque Ramón siempre insistía en enseñarme el contenido, sin duda orgulloso del resultado de las horas que empleaba en el huertito de la residencia.

La destinataria de las rosas no era sino la también encantadora señora Delfina, la indiscutible dueña del corazón de Ramón. Y es que, aunque Ramón había estado casado, encontró a los años de enviudar un motivo por el que volver a cultivar rosas en el jardín. Así, cada mes, Ramón hacía llegar a su amada una rosa para expresarle cuánto la quería.

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Me encantaba cumplir con aquel encargo, siempre intentaba encargarme porque adoraba ver la felicidad que se dibujaba en el rostro de Delfina cuando le entregaba la rosa. La mujer apenas podía hablar o moverse, aquejada de una enfermedad degenerativa, pero el brillo de sus ojos lograba contarme todo lo que no podían expresar sus gestos o sus labios.

Una mañana, mientras preparaba en la agencia los envíos de aquel día, escuché una voz familiar al otro lado del mostrador. Me coloqué junto a mi compañera, que en ese momento atendía a los clientes, y me encontré con el siempre afable rostro del Señor Ramón. Iba acompañado de una mujer algo más joven, de cabellos salpicados por la plata, pero con la misma expresión bondadosa que la del anciano. Más joven que él, la mujer era sin duda su hija. Los saludé y entablé una corta conversación con ellos, al tiempo que pregunté: “¿No hay flores para Delfina hoy, Señor Ramón?”. Sus ojos brillantes me devolvieron una triste mirada, al tiempo que negaba con la cabeza.

Entonces la mujer, visiblemente afectada, sentó a su padre en una silla cercana y me cogió del brazo, apartándome a un rincón para decirme: “La señora Delfina falleció hace un par de años. Mi padre no pudo soportar el dolor de perder a un amor por segunda vez, de ahí que su salud se resintiera tanto. La tristeza lo hizo enfermar y por eso tuvimos que ingresarlo en una residencia, para que estuviera mejor atendido”.

Casi sin saber qué decir, con un frío sudor recorriéndome la nuca, balbuceé apenas cuatro palabras de disculpa con aquella mujer, mientras la observaba irse por la puerta del brazo de su anciano padre. ¿Qué es lo que me había contado? No tenía sentido, yo conocía a la señora Delfina. Convencida de que todo debía ser un malentendido, me dispuse hasta el lugar de residencia de la señora Delfina; por suerte me conocía la dirección al dedillo. Cuando llegué, un escalofrío tomó posesión de cada poro de mi piel. A lo lejos, clavé la mirada en la puerta de aquella vieja pero encantadora casita; justo en el porche, sobre la alfombra del recibidor, distinguí una borrosa imagen color escarlata. Al acercarme me percaté de qué era: un puñado de rosas rojas marchitas.

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