Especial Halloween 2016 en Liberación 2000 | ‘Un precio muy caro’

Escrito por Liberación 2000. Posteado en Noticias

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Aunque sabemos que se trata de una celebración típica de Estados Unidos y somos conscientes de que aquí también tenemos nuestras propias tradiciones, en Liberación 2000 no podemos evitar sentir especial cariño por la festividad de Halloween, ¡es tan divertida!

En nuestro día a día en la agencia vivimos frecuentemente “historias para no dormir” y os ofrecemos a diario un servicio de mensajería “de miedo”, pero es esta semana cuando nos tomamos la licencia de celebrar esta fiesta compartiendo con vosotros algunos relatos de terror. ¡Esperamos que os gusten! (o no) Ahí va el primero:

Un precio muy caro

Aquel año parecía que el invierno nunca iba a llegar; en las noticias, en los bares, en la oficina, no se hablaba de otra cosa. De forma inesperada, sin embargo, aquel 31 de octubre amaneció sumido en un abrupto frío y las temperaturas descendieron en picado, pillando a todos desprevenidos. Tras recuperar la gruesa ropa de invierno del fondo del armario, me vestí y me dirigí, abrigado hasta los dientes, a la agencia. Mi aparentemente rutinaria jornada laboral no había hecho más que empezar.

La mañana transcurría con normalidad, entre cajas, sobres y packs pendientes de enviar. Lo único que parecía distinto respecto del día anterior era el frío que se colaba por rendijas y recovecos, helando sin piedad el ambiente. ¡Qué frío hacía en la nave! Poco tardamos en ponerle remedio a aquella antártica situación; sin dilación alguna, me dispuse a rellenar el depósito de gasoil para calentar el recinto, era una de mis tareas, me había encargado de hacerlo anteriormente en infinidad de ocasiones. Aquel día, sin embargo, algo debió distraerme y parte del fuel acabó derramado por el suelo. Debía estar realmente con la cabeza en otro sitio, porque ni siquiera el fuerte olor hizo que me percatara del descuido. Las consecuencias de ello, no obstante, las pagaría muy caro horas después.

Al día siguiente, el radio-despertador me arrebataba sin piedad alguna de los brazos de Morfeo. Me desperté desperezándome con el frío calándome los huesos, a pesar de la gruesa funda nórdica en la que había dormido cobijado toda la noche. Poco tardó en helárseme también la sangre que me corría por las venas, mientras escuchaba como el locutor relataba una espantosa noticia: había habido un aparatoso incendio en una nave del polígono industrial sur de San Sebastián de los Reyes. La nave de una reconocida empresa de mensajería. La nave en la que yo trabajaba. Al parecer, una chispa eléctrica había entrado en contacto con un charco de gasolina y el infierno había tardado poco en desatarse, arrasando el lugar y llevándose incluso algunas vidas consigo. Sumido en un mar de culpabilidad y regado a su vez por un incesante mar de lágrimas, grité asustado durante largos minutos. “!¿Qué he hecho, qué he hecho?!”. Me decía a mí mismo que haría cualquier cosa por volver a atrás. Cualquier cosa.

De repente una aterciopelada voz retumbó en mi cabeza; parecía llegar del lado opuesto a la habitación, pero allí no se veía a nadie. “¿Cualquier cosa, estás seguro?”. Asentí concienzudamente, a pesar de que sabía que estaba hablando solo. ¿O realmente no estaba solo? ¿Me estaba volviendo loco? “Enmendaré el error, pero sólo si estás dispuesto a pagar el precio por ello”. “Lo estoy, dije convencido”. Y como si nada, una negrura me sumió de nuevo en un profundo sueño. Al rato, el radio-despertador volvió a arrancarme del sueño, o más bien de una horrible pesadilla. Me vestí, algo desorientado, y me dirigí a la oficina. Llegué al cabo de unos minutos, todo parecía normal. “Sólo ha sido un sueño, eso es, sólo un mal sueño”.

Los días posteriores transcurrieron sin incidencias y poco a poco fui olvidando aquel espantoso despertar, pero algo extraño pasaba en la nave: cada vez hacía más y más calor. Al menos, así me lo indicaban con sus quejas e incesantes aspavientos mis compañeros. Lo más raro del asunto es que yo cada vez sentía más y más frío. A simple vista no se apreciaba, pero una gélida sensación se había instalado en mis huesos, en mi cabeza, en mi alma, y amenazaba con no irse nunca. Y nunca se fue. Con el tiempo, llegué incluso a perder la cabeza y ni siquiera los informes médicos, que apuntaban que todo estaba bien, lograron disuadirme. ¿Había perdido realmente la cabeza? El frío acabó helándome también el carácter, haciendo que me convirtiera en un lobo solitario en muy poco tiempo. La locura acabó consumiéndome hasta el último de mis días, llevándose mi último y gélido aliento a pocos días de que empezara la Navidad.

Aquel mismo día, en la agencia, las temperaturas comenzaron a descender. “¿No funciona la caldera?”. Un operario apareció horas después y, extrañado, informó a los trabajadores, mis antiguos compañeros, de que aquella caldera llevaba meses sin funcionar. “¿Y cómo puede ser? Aquí nunca ha hecho este frío”. “Será porque a veces esto puede convertirse en un auténtico infierno”, bromearon entonces algunos.

Poco se imaginaban lo mucho que había de cierto en aquel sarcástico comentario. Al fin y al cabo, yo había hecho un pacto con el mismísimo Diablo y aquel había sido, por un tiempo, su territorio.

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